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“Vive y deja vivir”(6/6)

La actividad en el Frente Occidental en Francia y Bélgica durante la Primera Guerra Mundial dio un vívido ejemplo del voraz poder cooperativo de reciprocidad entre los seres humanos. Los soldados enemigos que disparaban desde las trincheras pelearon horripilante y sangrientamente entre ellos por años, a veces para ganar sólo unos cuantos metros de territorio. Pero entre una batalla real y otra, los soldados enemigos generalmente evitaban atacarse. Los soldados alemanes caminaban a simple vista al alcance de las balas, pero los Aliados no les disparaban. Esto se aplica también a los soldados aliados. Con frecuencia, el bombardeo en ambos lados cesaba precisamente a la hora de la comida. Los francotiradores y los artilleros sabían que no podían atacar ciertas áreas marcadas con banderas. A menudo, entre una batalla y otra, los tiradores y los artilleros de ambos lados disparaban a sabiendas de no pegarle a nadie. Y los soldados no se disparaban si había mal clima.

Tanto los soldados alemanes como los aliados respetaban esas reglas tácitas. De hecho, la filosofía “vive y deja vivir”, aunque nunca se formalizó entre los combatientes certeros de las trincheras, fue claramente evidente a lo largo de las 500 millas del Frente Occidental. Un veterano británico lo explicó de esta manera a un camarada nuevo en las trincheras, “El Sr. Bosche no es un mal tipo. Lo dejas en paz y te dejará en paz”.

Lo que ocurrió en esas trincheras fue nada menos que el reiterado dilema del prisionero. Ya que los oponentes atacaban rutinariamente las trincheras de uno y otro, una política de deserción mutua (disparar y bombardear siempre para matar) fue la decisión sensata en el corto plazo. Esto debilitaba al enemigo. Sin embargo, los soldados enemigos que se enfrentaban en toda aquella Tierra de Nadie lo hicieron durante largos periodos. De esa forma, los combatientes podían desarrollar estrategias condicionales que se ajustaran a su larga interacción. Por lo tanto, no es sorprendente que, dadas las circunstancias, se creara entre los combatientes enemigos una política de cooperación mutua basada en la reciprocidad.

En las trincheras, la reciprocidad era el factor de control. Si los alemanes empezaban a bombardear a los británicos a la hora de la cena, los británicos empezaban inmediatamente a bombardear a los alemanes a la hora de la cena y también del desayuno. Si los francotiradores británicos repentinamente se convertían en tiradores certeros entre una batalla y otra, lo mismo hacían los tiradores alemanes de primera. Era esencialmente “ojo por ojo” pero con ametralladoras. Durante casi toda la Primera Guerra Mundial, la cooperación fue un fenómeno espontáneo, que se duplicó y creció en todo el Frente Occidental. Esto demuestra que la cooperación es una estrategia inmensamente poderosa. De hecho, puede formarse rápidamente, de manera tácita, entre los enemigos más mortales.

(The Evolution of Cooperation) por Robert Axelrod, Copyright © 1984 por Robert Axelrod Publicado por Basic Books, subsidiaria de Perseus Books LLC