(Predictable Winners)
Ilya Trakhtenberg y Stuart Jackson • Stanford UP © 2025
Reseña
Este libro fascinante de Florence Gaub, politóloga, experta en seguridad y futuróloga, revela las claves del futuro y su impacto en el presente. Riguroso, accesible y accionable, integra neurociencia, filosofía, psicología e historia, funcionando como un manual con reflexiones profundas, consejos y ejercicios prácticos para imaginar, diseñar y materializar un futuro mejor. Una lectura indispensable, útil tanto para líderes y organizaciones como para cualquier persona que busque alcanzar sus metas y construir un porvenir mejor.
Existen distintas formas de concebir el futuro, y la capacidad de imaginarlo varía según la cultura, la época y la mentalidad predominante
El futuro es el tiempo que está por llegar. Hay múltiples formas de futuro, e imaginarlas es una capacidad humana que puede desarrollarse para construir el mejor escenario posible. Los futuros son fenómenos vinculados a un propósito específico: su función es orientar decisiones y acciones frente a un acontecimiento o desarrollo particular. Así, existen futuros posibles, probables y potenciales, entre otras categorías, además de futuros cercanos o distantes, según la proximidad que se perciba respecto al presente. También hay futuros que se imaginan a nivel individual, grupal o colectivo, entre otras variables. La forma en que personas, organizaciones y sociedades perciben el futuro es relativa y depende de factores como la edad, la educación, las experiencias previas y los sesgos sociales, culturales, históricos e ideológicos. Por ejemplo, muchas religiones se centran en el presente y el pasado, en busca de un paraíso perdido más que de un futuro mejor, mientras que las sociedades occidentales contemporáneas, marcadas por el cortoplacismo, el consumo rápido y las redes sociales, tienden a enfocarse en lo inmediato y a descuidar el futuro lejano.
Desarrollar la “capacidad de futuro” —tomar mejores decisiones sobre lo que está por venir— es esencial para la supervivencia y la libertad humanas
No nacemos con un sentido del futuro completamente formado; este se desarrolla a partir de los tres o cuatro años y continúa a lo largo de toda la vida. Las percepciones del tiempo ocurren simultáneamente en distintas zonas del cerebro, razón por la cual lo percibimos como algo casi tan real como el pasado y el presente. Esta percepción es relativa y subjetiva, y está influida por las emociones, los recuerdos y la imaginación. Desarrollar nuestra “capacidad de futuro” —es decir, tomar mejores decisiones respecto a lo que vendrá— nos permite aprender, planificar, innovar, generar expectativas, ejercer el libre albedrío y asumir responsabilidad. Esta capacidad de proyectarnos hacia adelante es fundamental para la libertad humana. Imaginar futuros distintos es una herramienta para afrontar la incertidumbre y mantener el optimismo. A lo largo de la historia, la concepción del futuro pasó de entenderse como providencia divina a concebirse como un terreno fértil para la innovación y la imaginación humanas.
Es posible influir en el futuro incluso ante los escenarios más adversos; descuidarlo, en cambio, deteriora nuestra capacidad de incidir positivamente en él
La tendencia actual hacia el hiperenfoque en el presente suele traducirse en una desatención del futuro a largo plazo. Aunque las personas dedicamos mucho tiempo a imaginar lo que vendrá, esa atención suele dirigirse a aspectos inmediatos y rutinarios. Sin embargo, mantener un equilibrio en la percepción del tiempo resulta crucial: el futuro no es algo remoto ni completamente ajeno a la influencia humana, ya que nuestras acciones —así como las ideas y creencias que las orientan— pueden incidir de manera significativa en su configuración, en distintas escalas y magnitudes. Los futuros negativos que representan crisis existenciales para la humanidad y el planeta —como el cambio climático, la gestión de la inteligencia artificial o la amenaza de un conflicto nuclear— suelen percibirse como producto de fuerzas incontrolables, en lugar de reconocerlos como ámbitos donde es posible imaginar, organizarse, decidir y actuar para influir en su rumbo. Los futuros negativos pueden equilibrarse con futuros positivos; de hecho, el porvenir suele combinar elementos de ambos.
"La vida no es una línea recta, sino un bucle o una espiral en la que descubrimos constantemente nuevos futuros."
Existen cuatro tipos de futuros interrelacionados, cada uno con características propias
El futuro se clasifica según dos criterios: la distancia temporal y la influencia que creemos tener sobre él. De esta combinación surgen cuatro tipos de futuros interrelacionados, cada uno integrado dentro de otro más amplio, como si fueran matrioskas. Los dos primeros son futuros individuales; los dos últimos, compartidos.
- “Futuro cotidiano” o pequeño — Es el futuro inmediato, en el que pensamos con mayor frecuencia: decidir qué comer, qué película ver, a qué hora reunirnos o a dónde viajar. Es repetitivo y cíclico, y se mide en horas, días o semanas.
- “Futuro de nuestra vida” — Es lineal, gira en torno a los hitos de la vida cronológica y está influido por valores sociales: cuándo y dónde estudiar o trabajar, qué metas cumplir, qué legado dejar, entre otros aspectos.
- “Futuro de nuestra época” — Se piensa y se mide en retrospectiva, en periodos de 10 a 30 años. Puede definirse por un gobierno —como la época victoriana— o por innovaciones tecnológicas —como la era digital—. Es un futuro influido por grupos sociales, como empresas y organizaciones, y proporciona contexto a los futuros individuales.
- “Futuro sagrado” — Trasciende el tiempo humano y carece de una fecha final definida. Está ligado a la responsabilidad humana, ya que se desencadena por nuestros actos. Puede ser secular, con responsabilidad colectiva —como el cambio climático o una posible guerra nuclear—, o religioso, con responsabilidad individual, como la creencia en un juicio final.
El futuro se activa mediante la planificación consciente o la ensoñación inconsciente
El futuro se compone de cuatro elementos: el “botón de encendido”, el presente, el pasado y la creatividad. Estos elementos son los mismos para todas las personas, pero varían según las particularidades de cada vida. La mente tiene tres tiempos —pasado, presente y futuro— y puede transitar entre ellos, aunque no puede habitar dos al mismo tiempo; por eso pensamos en el futuro cuando no estamos enfocados en otra cosa. El presente constituye la base desde la cual pensamos el futuro, pues las decisiones y acciones actuales lo van moldeando. El pasado, por su parte, funciona como una base de datos para nuestras proyecciones: los recuerdos y experiencias resultan cruciales para imaginar lo que vendrá. El “botón de encendido” del pensamiento futuro se activa mediante la planificación consciente e intencionada, o mediante la ensoñación inconsciente. Ambas son indispensables para un futuro equilibrado, cumplen funciones específicas y tienen su momento adecuado. La planificación consciente estructura la vida, permite afrontar desafíos y convierte los deseos en metas concretas y alcanzables. Al soñar despiertos o aburrirnos, el cerebro resuelve problemas, se prepara para eventos futuros y trabaja sobre deseos, ambiciones, preocupaciones, tareas pendientes y aspiraciones. La ensoñación se favorece al crear condiciones para el pensamiento asociativo libre y no dirigido; por eso es importante desconectarse de las redes sociales e internet, espacios donde la mente no logra divagar libremente.
"Lo más importante de nuestra capacidad de futuro es utilizarla con consciencia."
La creatividad resulta esencial para desarrollar la capacidad de futuro
La creatividad —la capacidad de generar o emplear ideas inusuales u originales— es esencial para abrir posibilidades y romper patrones repetitivos. Se compone de tres elementos: la imaginación —la capacidad de visualizar mentalmente un presente alternativo—, la originalidad —algo innovador, distinto o sorprendente— y la intención de comunicar una visión o idea a un público específico, o de resolver un problema concreto. Para que la creatividad florezca, es necesario procurar las condiciones adecuadas, como un estado emocional equilibrado y un buen descanso. Puede cultivarse a través de experiencias diversas, el equilibrio emocional, la estimulación de la imaginación y la práctica del pensamiento divergente. En lugar de buscar una única salida a un problema (pensamiento convergente), es posible escribir todas las soluciones posibles, preguntarse qué podría haber sido distinto en una situación dada, o reinterpretar un recuerdo específico. Los grupos pueden recurrir a herramientas como el brainstorming o el question-storming, en el que los participantes, en lugar de proponer soluciones, formulan preguntas sobre un proyecto o problema. Empresas, gobiernos y organizaciones también pueden emplear herramientas de prospectiva estratégica para explorar el futuro colectivamente. En la “exploración del horizonte”, como en una expedición hacia un territorio desconocido, no se busca algo específico, sino que se observa el panorama general y se registra lo que llama la atención. En la técnica de escenarios, el grupo parte de un punto inicial, como en un relato, y avanza de una idea a otra, lo que permite identificar conexiones, interdependencias, cadenas causales e imprevistos, generar nuevas ideas y cuestionar los supuestos existentes.
Gestionar eficazmente la incertidumbre y el riesgo contribuye a construir un mejor porvenir
Aunque el futuro nunca es completamente predecible, podemos acercarnos a la certeza mediante el uso de datos, patrones y la comprensión de relaciones causa-efecto, lo cual permite anticipar escenarios y tomar decisiones mejor fundamentadas. El peligro, inevitable en la vida, se clasifica en tres categorías: incertidumbres (lo desconocido), amenazas (eventos con posibles consecuencias negativas) y riesgos, que combinan la magnitud del impacto con la probabilidad de que ocurran. Cuanto mejor conozcamos los riesgos, mejor podremos gestionarlos. La única manera de enfrentarlos de forma constructiva es mediante una gestión proactiva: identificar, medir y controlar el riesgo es clave para minimizar sus consecuencias negativas. Esto implica evaluar cada amenaza considerando el peligro que representa, estimar su probabilidad y priorizarlas de mayor a menor. Cuando no existen datos suficientes, algunos matemáticos sostienen que aquello que no puede medirse no constituye un riesgo, sino una amenaza; por esa razón, las aseguradoras suelen negarse a cubrir eventos cuyo impacto o probabilidad no pueden cuantificar. Sin embargo, medir no siempre implica recurrir a grandes volúmenes de datos: también es posible reflexionar sobre el impacto y la probabilidad para decidir si conviene asumir un riesgo determinado. Compartir los riesgos —por ejemplo, mediante seguros— también ayuda a reducir su impacto, aunque asegurarse no es una solución universal para todo tipo de riesgo.
Imaginar un futuro mejor exige liberarse de las restricciones del presente para abrir nuevas posibilidades
El optimismo y la visualización activa facilitan el logro de los objetivos deseados. En su obra Utopía (1516), Tomás Moro —pionero en imaginar un futuro mejor— planteó que si tenemos la capacidad de imaginar que las cosas podrían ser distintas, también somos capaces de imaginarlas como mejores; de este modo, la posibilidad de un futuro mejor se vuelve alcanzable. Esta idea sigue siendo válida en el mundo actual. Resulta útil tener claridad sobre los objetivos a los que se aspira —el qué y el cómo de ese futuro deseado—, pero también es necesario atreverse a pensar que lo imposible puede volverse posible, es decir, abrazar la utopía, especialmente en tiempos de crisis. Así es como nacen las innovaciones y los descubrimientos. Para fortalecer la calidad de nuestra capacidad de futuro, la empatía también desempeña un papel importante, ya que permite imaginar un futuro colectivo que reconoce que no existimos en aislamiento, sino en comunidad.
Construir un mejor futuro requiere evitar los sesgos del pensamiento
Las sorpresas son inevitables, pero su efecto puede mitigarse en cierta medida preparándose para distintos escenarios, reduciendo impactos y adaptándose con creatividad. Aunque el miedo puede protegernos del peligro, cuando es excesivo, carece de filtro crítico o está mal gestionado, se convierte en un sesgo que impide avanzar de forma adecuada. Además de tomar las medidas necesarias para gestionar la incertidumbre y el riesgo, es importante aprender a regular el miedo de manera saludable y evitar caer en el sesgo del pensamiento catastrófico o en el pensamiento ilusorio, también conocido como wishful thinking. La esperanza es esencial para la capacidad de futuro, pero sobrestimar los resultados positivos de una probabilidad, o cerrarse a una única opción, puede conducir a malas decisiones. Es recomendable practicar una esperanza relativa, que deje espacio para la duda y la incertidumbre, equilibrando el optimismo con el pensamiento crítico y la planificación realista. La superstición y las predicciones no científicas nublan la capacidad de futuro, generando “falsos futuros” o futuros ilusorios; en su lugar, conviene trabajar con base en evidencia. Es importante evitar la ilusión de certeza, cuestionar los supuestos propios y mantener apertura ante posibles alternativas.
Existen cuatro tipos de fallos en el funcionamiento del futuro, cada uno con su propia solución
Cuando el futuro que imaginamos deja de cumplir su función —es decir, de ayudarnos a generar posibilidades de acción eficaces en el presente— se dice que presenta “fallos de funcionamiento”. Existen cuatro tipos:
- Futuro caducado — Una idea previa del futuro deja de tener vigencia porque ya cumplió su propósito o porque algo cambió: los valores, las circunstancias o las perspectivas. Las crisis pueden impulsar la actualización de nuestra capacidad de futuro; no hacerlo cuando ciertos futuros han perdido relevancia genera efectos negativos. Para actualizar esta capacidad, se recomienda seguir tres pasos: primero, aceptar que el futuro anterior ya no es válido —resistirse al cambio es natural, pero dificulta la aparición de algo nuevo y mejor—; segundo, despedirse de ese futuro anterior, realizando el duelo necesario cuando el cambio no fue una decisión propia, ya sea mediante la escritura o la terapia, para soltar el apego a lo que ya no será; y tercero, construir un nuevo futuro, reuniendo ideas sobre cómo podría ser, apoyándose en visualizaciones, escritura, coaching y, en el caso de empresas y organizaciones, en la prospectiva estratégica.
- Futuro invisible — Perder de vista el futuro puede derivar en depresión o estancamiento social, y viceversa. En ocasiones, cuando las exigencias de la realidad superan nuestra capacidad presente, o cuando existe un exceso de opciones, el futuro se vuelve difícil de vislumbrar con claridad. Herramientas como la terapia para las personas, la previsión estratégica para las organizaciones y la acción colectiva para las comunidades, entre otras, pueden ayudar a reactivar esta capacidad.
- El “mal futuro” — Genera emociones desagradables como el miedo y la ira, lo que puede provocar parálisis, manifestada por ejemplo en procrastinación o negación. Su intensidad depende de tres factores: la duración, el grado en que resulta abrumador y la influencia que tenemos sobre él. Estos futuros negativos pueden gestionarse regulando las emociones y recuperando la sensación de seguridad, lo que permite que el cerebro piense con mayor claridad; también ayuda revisar las suposiciones propias y explorar posibilidades alternativas a través de ejercicios de escritura analítica, crítica y reflexiva, entre otros métodos.
- Futuro sin inspiración — Implica evitar vivir en “piloto automático” e identificar lo que realmente deseamos, más allá de los guiones sociales que dictan qué metas perseguir, cuándo y cómo alcanzarlas. Para sostener la inspiración que impulsa la capacidad de futuro, conviene elegir objetivos intrínsecos y significativos, y conservar la flexibilidad necesaria para adaptarse al cambio. Un estudio de la Universidad de Harvard confirma que esta capacidad de cambio se mantiene disponible en cualquier etapa de la vida. Asimismo, resulta fundamental centrarse en la realización interior que da sentido profundo a nuestra existencia, más que en los logros materiales.
El futuro es un horizonte de posibilidades que debemos imaginar en función del bien común. Las nuevas ideas abren caminos y nos ayudan a superar desafíos. Pensar en el futuro fortalece la salud, prolonga la vida y nos acerca a nuestras metas. En él se expresa el potencial humano, y tenemos la responsabilidad de modelarlo pensando en las generaciones futuras, a quienes debemos las mejores condiciones posibles de porvenir.
Acerca de la autora
La Dra. Florence Gaub es politóloga, experta en seguridad y futuróloga. Dirige el Departamento de Investigación de la Escuela de Defensa de la OTAN en Roma. Su obra Futuro: Un manual de instrucciones integra neurociencia, filosofía, psicología e historia en una guía rigurosa y accionable con reflexiones, consejos y ejercicios prácticos para imaginar, diseñar y materializar un porvenir mejor —tanto a nivel individual como para líderes y organizaciones.


















